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Secretaria General
Camila Jara Aparicio
"Un solo miembro no basta para formar un cuerpo, sino que hacen falta muchos."
(1 Corintios 12, 14)
Pues bien, ¿quién soy yo para querer servir en el Equipo Internacional del MIEC?
Hoy soy una trabajadora social, comprometida con las problemáticas sociales, con conciencia de las desigualdades presentes en mi país, la región, y por qué no, en el mundo. Pero esto que hoy soy no parte de la nada... se creó y formó siendo parte de esa realidad de injusticia y desigualdades.
Provengo de una familia sencilla, de una ciudad pequeña y tranquila. Toda una vida (gracias a un esfuerzo económico de mi familia) estudié en colegio católico, lo cual no hizo más fácil mi encuentro con la Fe, al contrario, sentí que esa realidad no era para mí; el Dios castigador que ahí me mostraron no coincidía con lo que en mi hogar me inculcaban donde Dios es sinónimo de amor.
Al llegar a una universidad laica, todo parecía presagiar que no retomaría mi vida católica; pero a pesar de que por un buen tiempo lo evité, el llamado fue más fuerte.
Al parecer tuve el honor de estar en una universidad que agrupa a los y las jóvenes de los segmentos más pobres de la comunidad (provincia). Por supuesto, hubo un momento en que ver a compañeros y compañeras que tenían grandes necesidades, incluso más que las mías, para poder sacar adelante sus estudios no me dejó tranquila, me dolía ver aquello, ver las poblaciones que rodeaban la universidad y que antes no existían en mi vida. Fue así como mi corazón sentía un extraño calor, esa sensación de injusticia latente, de la necesidad de tener que hacer algo para cambiar las cosas.
Así fue como decidí reencontrar mi Fe, y qué mejor que a través de reconocer a Cristo entre los y las jóvenes. Así, ingresé a la Asociación de Universitarios Católicos (AUC) con una maleta cargada de buenas intenciones, dudas e inquietudes sociales; fue en el momento preciso de mi vida en que retomé el camino de Fe. No tenía cómo pagar mi universidad pero, aún así, yo creía en mí y que debía estar allí, que debía ser una profesional, que no tenía la culpa de ser pobre y que nadie entendía el esfuerzo de mi familia por darme los estudios.
Fue duro pero, a través de ese difícil momento, comprendí mi vocación. Debía trabajar por los y las demás, por mis compañeros y compañeras que no pudieron seguir estudiando por falta de dinero, por aquellas personas que me ayudaron a salir adelante, por los y las más humildes y oprimidos que no tienen las oportunidades que yo tuve. Desde allí en adelante mi vida de estudiante no fue la misma; participé activamente en mi Movimiento, en las federaciones de estudiantes, en causas medioambientales, tomé como bandera de lucha las problemáticas de género, me relacioné con gente de diversas carreras, religiones, ideologías políticas, etc. para poder ser más integral y a través de esas acciones evangelizar en la universidad. Es así como mi único afán fue y seguirá siendo el anunciar el Reino de Dios hoy, luchando por la paz, la justicia y el amor.
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